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miércoles, 2 de marzo de 2016

JOHN HEARTFIELD, PADRE DEL FOTOMONTAJE. Guerra en la Paz - Fotomontajes 1930 - 1938


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Hace varios años, cuando comencé a llevar esa bitácora del aire que es un blog, mi inexperiencia, aunada a la fogosidad que confiere el genuino entusiasmo, fueron causa de la generación de glosas o esquelas un tanto más extensas o abigarradas de lo que, en apariencia, un lector de redes cibernéticas podría considerar ajustadas a los estándares o caprichos que se imponen en esta red de cibernautas. No lo puedo asegurar, pero no me parece muy sensato leerse La Montana Mágica en la pantalla de un ordenador o pc. En mi entusiasmo estilaba subir, dentro de una misma publicación, varios asuntos a la vez, algo que -pienso- va muy de la mano con mi fuero interior, pues la verdad es que nada me place más que la heterodoxia, que es como navegar a la deriva, divagar sin ton ni son o vagar sin rumbo fijo. Lo cierto es que lo que ahora publico aquí, la breve nota sobre ese maravilloso y mordaz creador que ha sido Helmut Herzfeld (a) John Heartfield, se hallaba como extraviada dentro de otra glosa, de mayor aliento, publicada el 10 de febrero de 2009, al día siguiente de mi cumpleaños…
Aquí dejamos ahora a John Heartfield y su puntilloso arte. 
(lacl)

Leyenda: Súper hombre. Traga oro y escupe hojalata.
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JOHN HEARTFIELD, PADRE DEL FOTOMONTAJE.

Guerra en la Paz - Fotomontajes 1930 - 1938

Helmut Herzfeld, alemán de nacimiento, es padre del fotomontaje, no simplemente como el ideador de una técnica, sino (y esto no es poca cosa) como un creador que, al verse en la tarea de tener que lidiar con los particulares recursos con que contaba la fotografía de principios de siglo XX, tuvo la fortuna de contar con el genio necesario para plasmar una obra de agudo sentido y de muy alta factura. La ironía no fue esquiva a su lenguaje. Su mordiente sarcasmo la valió un conveniente exilio y la adopción de un nuevo nombre, esta vez de origen anglosajón pues, de otro modo, no habría corrido mejor suerte que la que corrieron millones de seres humanos en los campos de la muerte. Obras hay que no pueden hablarnos de las delicias del Paraíso o de las promesas de un utópico vergel. Desafortunadamente, han sido creadas en medio del infierno. Pero no por ello dejan de tener sentido de búsqueda, búsqueda de sentido ni, mucho menos, sed de Paraíso. Mas tienen que lidiar con avernos, purgatorios, exorcismos, con la náusea y la ansiedad. Es natural que se valgan de ellos al promulgar un lenguaje. De allí nace el lenguaje de Heartfield-Herzfeld, otro exiliado más del mundo, pero habitante del mundo. En el fondo, los exiliados gozan de una fortuna de la que no gozan los que jamás han sufrido el destierro.

Cualquier similitud con alguna realidad actual no ha de ser mera coincidencia.

(lacl)























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