martes, 31 de julio de 2007

Walt Whitman's America. De su propia voz (1890) / Homenaje, Cuadernario












Walt Whitman's America. De su propia voz (1890)


Nota del 14 de Enero, 2011.-
En vista de que el video colocado originalmente fue removido, coloco otras dos versiones... No soy muy partidario de las animaciones, pero al menos podemos escuchar la voz del viejo Walt...


http://www.youtube.com/watch?v=Z8YYXjFvjkw&feature=related




martes 31 de julio de 2007

w

Walt sigue, entre siesta y siesta,
celebrando y celebrándonos en su poesía.

a más de un siglo de su partida,
siguió creciendo la hiedra
de una deliberación huera de sentidos;
a más de un siglo de distancia
se siguió fortaleciendo el reino de las censuras
y las vejaciones,
de los laureles ostentosos y los panegíricos;
mas no por ello su alabanza
ha quedado huérfana de levitación.

y no porque padezcamos el mundo del hombre,
un imperio despojado de alabanzas
y saqueado por los bárbaros,
Walt ha dejado de cantarnos
ese su poema único,
trajeado de mil formas
y milenarios versos;
él nos sigue entonando en sus canciones
mientras, elípticamente, desnuda
toda insensatez de la razón
y alumbra las apetencias de nuestros corazones,
comulgantes con el vasto cielo
o las más ínfimas partículas de creación.

la comedia del poder
en su canto fue desarmada,
no por la imagen ideal
que la razón se formó de cada cosa,
sino por la imagen espiritual
que de cada cosa se formó el sentido.

de la figura del poeta él nos dijo:
"...sus pensamientos son los himnos de alabanza de las cosas..."



Esta suerte de glosa o tentativa poética corresponde a la letra W. de un pequeño cuaderno telefónico, en el cual se escribió lo que luego intitulé Cuadernario y que este año fuera publicado en la Colección Los Conjurados de Común Presencia Editores. Cupo la suerte de que tal cuaderno hubiera sido confeccionado con la particularidad de incluir, al menos, unas cuatro páginas por cada letra del alfabeto. Y una mañana, en la que una luminosidad asombrosamente excepcional comenzara a juguetear con una exaltación rumorosa de mi espíritu, acaeció que una voz me ordenara dar inicio a una escritura libre y desenfadada sobre las páginas de tal cuaderno. Lo lúdico y, si se quiere, lo curioso del mandato es que tal voz me imponía iniciar cada texto, nota o imagen con la letra correspondiente a la página en cuestión. Así escribí, en la letra A, un texto un tanto extravagante para lo que, al menos yo, pudiera considerar mi “estilo” personal. Otros textos se escribieron, uno tras otro, hasta la letra E o la F. Luego me tocó dejar en reposo el cuaderno, por varios meses, antes de volver a esbozar cualquier otro intento entre sus páginas. Esta operación se repitió en el transcurso de unos cinco o seis años y acaso a ello ha de atribuirse su aire de heterogeneidad. No había prisas. Nunca escribí nada que no necesitara escribir en él, y cuando lo hice fue siempre atendiendo al llamado inicial, esto es, principiando cada texto, nota o asomo poético, con la enunciación de la letra correspondiente a aquella página que quedaba libre en el cuaderno. No lo considero un libro trascendente. Acaso contenga algún que otro texto que tenga algún valor. Eso es lo que menos me importa, siempre ha sido así con todo lo que escribo. Creo que los seres humanos le damos una recargada importancia a nuestras huellas personales, olvidando otorgarle el justo prevalecer al anonimato del vivir. Podemos ser fidedignos a la hora de correr el velo de nuestro ser y de nuestras indagaciones; es más, es natural que deseemos serlo, dado que ello es expresión de un llamado ineludible, pero ¿será esa misión exteriorizadora la prenda última y más preciada en el íntimo decurso de una vida? De ello no estaría tan seguro. Con todo, debo admitir que tampoco estoy exento de esa necesidad de exteriorizar lo que podríamos calificar como mis angustias y aspiraciones. En fin de cuentas, es éste más un cuaderno de obsesiones que de poesía. Acaso pueda librarme el consuelo de que algunas de nuestras obsesiones sean parientes muy cercanas de la poesía.

lacl
Agregamos otro enlace con la voz de Whitman... http://www.youtube.com/watch?v=5IeIN3WE4lI

lunes, 23 de julio de 2007

LETRAS CONTRA LETRAS Ars Poética y el poema como Ars Poética

LETRAS CONTRA LETRAS

Ars poética y poema como fruto del ars vivendi

Comencemos nuestro encargo con una pregunta. ¿Sería dable la existencia de un ars poética que no estuviera enhebrada con los hilos de un ars vivendi? A vuelo de pájaro, luce como una perogrullada tal pregunta. Pero si dispusiéramos de unos instantes para, serenamente, pensar sobre el tema, creo que no sería difícil admitir o deducir que en nuestro glorificado mundo moderno priva un culto a toda una escala de patrones que no nos consiente mucho espacio ni tiempo para el silencio, el aislamiento, la contemplación o la íntima meditación. Usualmente los seres humanos preferimos hablar en términos formales, antes que aventurarnos a tentar las zonas abisales o ingénitas de esa humana condición nuestra. Preferimos avecinarnos a la noción de modus operandi inherente a nuestro diario vivir o a una noción de modus vivendi que muy bien sabe condicionar la parte al todo, el individuo a la masa, la extremidad al cuerpo.

Y con el debido respeto que se merece todo ajeno sentir, yo siento y presiento —como un hecho irrefutable— que la experiencia de una genuina ars poética no podrá cultivarse límpidamente si aquel que la galantea, persigue y pretende no tiene por costumbre el visitar las márgenes de ese arroyo rumoroso que nace en las secretas cabeceras del vivir. ¿Será necesario acotar que es menester, en tal contexto, el permitirnos que se imponga la esponjosa cualidad de nuestras almas para que, con ello, la vida nos impregne de aquello humilde y sencillo sobre lo que nadie, o casi nadie, suele reparar? ¿Ese hálito tenue que una vulgar veneración por el horario desdoro no nos permite percibir? ¿Ese milagro imprevisto que una común inadvertencia atribuye a un medido y descorazonado pulso de la sangre? Espero que no. Las aguas de la vida pudieran no venir a nosotros por siempre cristalinas, pero las aguas del ars vivendi siempre vendrán teñidas de pureza hasta nosotros, aun cuando hayan tenido que deslavarse por esclarecer alguna turbidez del alma u otra opacidad del corazón y, es más, gracias a ello. Y ese ars vivendi por el que abogamos —canto y llamado de fondo— es prenda singular y consustancial a todo aquel ser susceptible de ser vivido. Y a aquel ser que le es dado captar esa singular providencia (que tenuemente respira en y por nosotros) se le revela, en el momento más inopinado, su arte de vivir como una filiación cósmica; como un alistamiento de lo molecular y poroso; una confluencia de aquello palpable —aun cuando imperceptible— que parte en migratoria, desbandada búsqueda y de esto aéreo e intangible que se abre en receptiva apelación, para propiciar un baño en los afluentes de la memoria.


Y toda esta intentona metafísica ha venido a cuento porque me mueve el deseo de dispensar un breve homenaje a un poeta. Se trata de alguien que —imagino yo— no es tenido por gran parte del público lector como un poeta: Hermann Hesse. Conversando en cierta oportunidad con un amigo, éste me soltó de pronto una frase que, por su redonda sencillez, cayó como una luz repentina sobre mis quizá demasiado peregrinos pensamientos. Hablábamos primeramente del afán innovador, de ese sueño de originalidad per se que señorea hoy día en la literatura y las artes; y de cómo es éste un fenómeno extendido a todos los campos en los que se expresa el hombre: sea el mundo de la economía, la política, las ciencias (cuyas fronteras y fundamento se confunden, cada día más, con los logros y la “inventiva” de una ciega tecnología) y, prácticamente, todas las actividades serviles.


Coincidíamos en que este afán de innovar se ha convertido en un estorbo para el buen hacer y el buen decir (entendiendo el término decir en el más amplio sentido de la palabra: el de la expresión, cualquiera que sea la forma elegida para hacerlo). De pronto mi amigo me disparó la frase a la quiero hacer alusión: “Yo creo que la única vía para llegar a ser real y genuinamente innovador es queriendo hacer las cosas bien”. Y luego lo recalcó al menos dos o tres veces: “en serio”, decía, “sólo queriendo hacer las cosas bien”. Y aquí nos plantamos ante otra perogrullada. Suena a frase repetida. Y lo es, aunque desafortunadamente, no tan repetida en el íntimo discurso de la conciencia humana, como en la palestra del discurso público. ¡Cuántas veces no hemos oído expresiones parecidas a ésta! Sin embargo, dudo que la mayor parte de las gentes dispongan de la paciencia o, quizás, del tiempo interior para dedicarse a sus tareas con gozo. El querer hacer las cosas bien implica dos actitudes en un individuo: una necesidad que es la que fundamenta el hacer y un amor hacia eso que se desea hacer. Rilke decía, en las Cartas a un joven poeta, que toda obra de arte puede considerarse como tal gracias a que ha sido concebida y creada necesariamente; que si una persona no siente una fuerte necesidad de expresarse, entonces puede, o más bien debe, abandonar toda idea de abocarse al arte como medio de dicción.

Hermann Hesse es una figura que despierta polémicas. Sé de gentes que aborrecen o, por lo menos, se fastidian con su literatura. No es mi intención aquí la de discutirles su gusto. Lo que quiero destacar es ése su don de poeta que pocos, pienso yo, conocen. Suele encontrarse mucha narrativa y ensayística de Hesse en los quioscos y remates, así como —por supuesto— en las librerías. Pero poesía, eso sí que es difícil. Al menos, ésa es mi experiencia de más de veinte años como ratón de librerías y afines. El volumen bilingüe de poesías de Hesse, cuya traducción debemos altamente agradecer a Rodolfo Modern, versión que si bien se resiente un tanto al echar mano de algunos localismos y ciertos ribetes del lenguaje, pero que yo guardo con amoroso celo desde hace ya varios años, nos muestra a un poeta recatado, sin prisas, alguien que ama demasiado el ver; un ver del que la dicción poética no es sino una consecuencia. Un hombre cuyo “tempo” contrasta con el agitado y, no pocas veces, cruento ritmo de eso que entendemos por modernidad, criatura con la que tuvo Hesse tiempo de convivir lo suficiente. Fue Hesse un hombre atacado por una fuerte necesidad de plasmar sus vivencias. No encontraremos innovación estilística en sus poemas, ni el experimentalismo a ultranza que tantos estragos hizo y sigue haciendo en la poesía y literatura modernas. Pero nos toparemos, sí, con un arte de vivir. Su innovación radica en el don que tiene para expresar el mundo que ve a su alrededor. En un mundo cuyas prisas nos habitúan, cada vez más, a caminar dando tropiezos —puesto que no se nos aplaude el tomarnos nuestro tiempo para detenernos a gozar de las simplezas de la vida— es innovador que alguien pueda mostrarnos estas simplezas de un modo tan llano y natural.
¿Deberíamos advertir, a quienes no la hayan leído, sobre el tono lírico de la poesía de Hesse? Acaso el lector moderno esté deshabituado —y más aun el escaso lector moderno de poesía, excúsenme la franqueza— a una poesía como ésta, cuya fuerza e identidad se amparan y residen en el lirismo; pues, vivimos un tiempo de pequeñas y medianas guerras, con la amenazante espada de Damocles de la grande y acaso última, definitiva guerra, pendiendo sobre el cuello descubierto de la civilización. Y, desde tiempos inmemoriales, ha sido la poesía épica la encargada de narrar los pleitos y dedicarle loas a sus héroes.

Vivimos un tiempo en el que se ha impuesto, además, el predicado de una peculiar economía: economía verbal, economía del espíritu, economía del sentido común, economía de los cinco sentidos y hasta del sexto, economía de los afectos; en suma, economía del gusto por todas las cosas sencillas de que se compone la vida del hombre. Y quizás se haya extendido demasiado cierta noción de la lírica proveniente de aquellos que predican tan peculiar economía: la que afirma que aquella no es otra cosa que un cúmulo de incomprensibles e inútiles palabras, producto de los desvelos de hombres idiotas. Y ateniéndonos a la génesis e, incluso, a la etimología, toda poesía o expresión lírica deviene de la necesidad del canto. Pero no creemos que un hombre como Hermann Hesse haya tenido de sí mismo la imagen de un tonto que se acompaña de una lira, mientras escribía “Oh mundo ardiente”, poema aquí reproducido. Con la venia de quienes rinden ciego culto a los emblemas del poder, me permito aseverar que más se aviene tal imagen con la de un loco emperador que incendia su ciudad.

Quizás quepa la posibilidad de que un breve poema acerca de los pliegues de un vestido usado por innumerables doncellas chinas, siglos atrás, pueda revelarnos la belleza del mundo y el misterio de la vida, de un modo tan abruptamente iluminado, como no podrían revelárnoslos todas las sagas de Odín.

Así pues, reeditando el gusto por el obsequio de bonos del que tanto gusta usar la flamante mercachiflería, añadimos a modo de complemento de una escueta muestra poética de Hesse —pero que habla por sí sola—, un breve poema chino atribuido a Ch’en-Ling, que data del siglo III. Quiero decir, por último, que con respeto he cambiado algunas palabras o matizado algunos giros del lenguaje utilizado por Rodolfo Modern en su traducción, particularmente en el poema arriba mencionado, atendiendo —por supuesto— al por siempre subjetivo sentido del poema.

Luis Alejandro Contreras
(publicado previamente como ensayo en http://www.letralia.com/)
.



El Poeta

De noche a veces no puedo dormir,
duele la vida,
entonces juego poetizando con las palabras,
las malas y las dóciles,
las untuosas y marchitas,
nado afuera en su silencioso mar como un espejo.
Remotas islas con palmeras se levantan azules,
en la orilla sopla un viento perfumado,
en la orilla juega un niño con conchas coloreadas,
en un verde cristal se baña una mujer blanca como la nieve.

Así como sobre el mar las ondeantes tormentas de colores
sopla sobre mi alma el sueño de los versos,
destilan voluptuosidad, se cubren de luto mortal,
bailan, corren, quedan como perdidos,
se visten con un modesto vestido de palabras,
cambian infinitamente su sonido, forma y semblante,
viejísimos parecen y están no obstante tan llenos de fugacidad.

La mayoría de la gente no entiende de esto,
toman los sueños por locura, y a mí como un caso perdido,
así me miran comerciantes, periodistas y profesores.
Otros en cambio, los niños y algunas mujeres,
lo saben todo y me aman como yo a ellos,
pues también ellos miran el caos en las imágenes del mundo,
porque también a ellos la diosa les prestó el velo.

El poeta y su tiempo

Fiel a las imágenes eternas, constante en la contemplación,
dispuesto estás para la acción y el sacrificio.
Pero careces, en un tiempo sin respeto
de oficio y cátedra, de dignidad y confianza.
Tiene que bastarte, en un puesto perdido,
expuesto a la burla del mundo, consciente sólo de tu vocación,
renunciar al brillo y al placer diario,
y preservar aquellos tesoros que jamás se oxidan.
La burla de los mercados apenas puede perjudicarte
en tanto suene para ti la voz sagrada;
si entre las dudas muere, te hallas como desprestigiado
del propio corazón, como un bufón sobre la tierra.
Pero es mejor, para una perfección futura,
servir dolorosamente, sacrificarse sin acción,
que volverse grande y rey, por un acto traicionero,
al sentido de tu sufrimiento: a tu misión.

Hoja marchitada

Cada flor tiende a ser fruto,
cada mañana tiende a convertirse en noche,
nada hay eterno en esta tierra,
excepto el cambio o la huída.
También el verano más hermoso quiere
sentir alguna vez el otoño y lo marchito.
Mantente, hoja, quieta y con paciencia,
si intenta el rapto alguna vez el viento.
Juega tu juego sin nunca defenderte,
deja que tranquilamente ocurra,
y por el viento que te arranca
déjate soplar hasta tu casa.

Oh mundo ardiente

Siempre, continuamente, así lo siento, siendo joven o viejo como ahora:
una montaña en la noche, una mujer silenciosa en el balcón,
una calle blanca bajo el suave impulso de la luz de la luna,
de puro anhelo esto me arrebata el temeroso corazón del cuerpo.
Oh mundo ardiente, oh blanca mujer en el balcón,
un perro ladra en el valle, un tren rueda a lo lejos,
oh, cómo han mentido, cuán amargamente me han engañado,
y pese a todo son todavía mi sueño e ilusión más dulce.
A menudo intenté el camino hacia la terrible realidad,
donde norma y profesor, moda y comercio de dinero prevalecen,
pero escapé siempre solitario, desengañado y libre,
allí, al otro lado, donde el sueño y una apacible locura nacen.
Sofocante viento de la noche en el árbol, negra gitana,
mundo lleno de necia nostalgia y aromas de poeta,
espléndido mundo al que estoy entregado plenamente,
¡donde tu relámpago me estremece, donde tu voz me llama!

Antología poética, Hermann Hesse, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1974.

Mi traje

Ch’en Ling

Mi traje es de la época en que vivía un rey de la Dinastía Tching.
Se lo pusieron tantas bellas mujeres para danzar que sus pliegues
conservan una sinuosidad armoniosa. Lo han acariciado tantas
brisas que mi traje es diáfano como el ala de una mariposa.

Poetas chinos, Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1958. Vertido del francés por Álvaro Yunque.

La pintura que hemos colocado arriba es una de las acuarelas de Herman Hesse, quien gustaba dedicarle tiempo a la plástica.

La foto es obra de Martin Hesse, su hijo, fino fotógrafo.

Lamentablemente desconozco el autor del video...
https://www.youtube.com/watch?v=gOq06gWS4Ek

domingo, 22 de julio de 2007

Mientas dure - A Juan Sánchez Peláez

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Mientas dure
A Juan Sánchez Peláez

¿Por qué no soy yo el hijo de un Sioux que, de cuclillas,
soporta impávido las inclemencias del sol
en medio de la aridez de una tierra olvidada,
al margen de una estación de trenes,
o por qué no soy el Yanomami que duerme
sobre un trozo de cartón a la entrada de un centro comercial,
mientras su concubina ofrece sus collares?

¿Por qué no estoy talando árboles obedientemente
o desarmando carros entre refunfuños?

¿Por cuál capricho del destino se dictaminó
que yo no calzara los zapatos
de un inmigrante italiano que vende
la salvación de puerta en puerta?

¿Y quién me legó, además, este arte histriónico
que me permite fingir, ser uno más de la fila?

¿Quién decidió que esté rodando siempre sin meta,
sin querer jamás vestir la camiseta del líder?

¿Quién ha estado girando la rueda de la fortuna?

¿Qué golpe del azar concluyó
que yo no fuera un ángel
o una vieja de sexo desdentado que vende revistas obscenas,
o una breve Ave del Paraíso,
o un pequeño facineroso de la calle?

¿Quién, como un Atlas, está haciendo el gasto
por sostener las murallas de este
inmenso laberinto pavloviano?

¿Y por qué no puede estar la Pavlova bailando
sobre la almohada de mi pecho?

Al menos, tengo la luna.

Estoy vivo y, a veces, tengo la luna.

Que así sea mientras dure.


















Semele vista desde el Avila.


(conato de poema, publicado en Voces Nuevas 1998-1999, Celarg; forma parte del libro Mientras Dure ©, Luis Alejandro Contreras, inédito)

martes, 17 de julio de 2007

VIENTOS AUSPICIOSOS


VIENTOS AUSPICIOSOS

“…Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso más que a los secretos del desgarramiento…”
E. M. Cioran (La tentación de existir)
[*]


La respuesta colectiva de nuestros estudiantes a los abusos autocráticos de la hora, espontánea por su variedad de recursos para llegar a la psique del país e inaudita por la frescura que muestra una juventud no avasallada por baratijas políticas (que en muy poco distan de las consignas publicitarias que impulsan las ventas de cigarrillos, jeans o computadoras), creo, ha conmovido los cimientos de nuestra ciudadanía.

A la vista de las múltiples manifestaciones de adhesión y aliento que se han expresado a lo largo y ancho del país, me parece innegable que ha surgido en el seno de nuestra colectividad una visión benevolente y propicia hacia los estudiantes de universidades ancestrales que, se pensaba, dormitaban comodonamente sobre los almohadones de la indolencia. Hemos visto expresarse, en múltiples espacios, a una entusiasta muchedumbre del estudiantado proveniente de la UCV, LUZ, SB, UDO, ULA, de institutos pedagógicos como UPEL e, incluso, de universidades privadas como de la UCAB y la METROPOLITANA. Se me escapan algunas más. Como nota sintomática, hagamos mención de la participación, en tales manifestaciones, de estudiantes de la UNEFA, diciéndoles a los periodistas que muy poco les importaba si se les expulsaba de esa universidad por el hecho de haber expresado su opinión (expulsiones que, al parecer, fueron consumadas); claro, me pregunto yo, ¿quién, en su sano juicio, desearía vivir toda su vida bajo el despótico caudillaje de una cachucha militar? ¿quién, en sus cabales, va a querer para sí ese desaguisado del aburrimiento que palpita bajo toda doctrina militar?
Digo más, tal ha sido el alcance de la ingeniosa rebeldía de nuestros estudiantes que ha llegado a filtrarse hasta un punto supuestamente invulnerable del oído interno de unos obnubilados funcionarios que, coronados de legalidad, aúpan fundamentalismos y promueven discursos unívocos de filantrópica belleza, mientras hacen vista gorda ante el andamiaje represivo y censurador sobre el que han construido su legitimidad. Ayer eran dóciles predicadores de un dadivoso porvenir de adhesión y confraternidad; hoy son replicantes trogloditas fungiendo el papel de perdonavidas, de un modo tan impúdico y perverso, que lo que menos traslucen sus actos y palabras son indulgencia o contrición. Eso sí, siguen arrogándose, a la mejor usanza del maniqueísmo, las buenas causas y la filantropía para el insólito evangelio, por decir lo menos, que predica su secta. Al pensar en estas gentes, modeladas con las plantillas del absolutismo, me viene a gusto parafrasear el luminoso pensamiento de Cioran: en el fondo, no son más que unos apasionados de la desdicha.

Y a esta última condición suya no hemos de estar desatentos. Seres hay que no pueden subsistir si no es en medio del caos, el naufragio y la ignominia. Seres hay, lamentable es reconocerlo, que no pueden respirar a su aire sin una buena dosis de salvajismo y de retorcido cinismo.

Quizás no haya un más visible signo de locura que el de la desmesura del ego. Quien manifiesta una tendencia a encumbrarlo por encima de toda otra manifestación de la realidad, no muestra sino desequilibrio. Y cuando el ego se desborda, arrasa en su crecida esa ciudad silente (y compartida) que alienta en toda alma humana, borrando o despintando los bienes del espíritu que encuentra a su paso.

Y haciendo una extrapolación, acaso en política no haya un signo más visible de desmesura que el de los gobiernos autocráticos y autoritarios. Y la verdad, no se me ocurre sobre cuál ejemplo podríamos hacer salvedad, como no fuera el de aquella autocracia imposible que pudiera haber sido ideada al calor de la utopía. Si ampliamos la mirada sobre el mapa nos daremos cuenta de que hay pueblos que no son capaces de percibir que padecen, en la inmensa mayoría de sus hijos, una locura similar a la del sujeto al que han recluido en un sanatorio, en aras de preservar la “salud” de la comunidad. Prudencia y Discernimiento no parecen ser virtudes que se resguarden en el espejo de Narciso.

En algunos momentos de mi vida, me ha atacado la angustia de que nuestro pueblo sea uno de esos en los que la mirada interior se ha descaminado del corazón que, muy a su pesar, ve cómo es tomada su casa por una indeseable manía hacia la destemplanza. Como si, a fuerza de cultivar la barbarie y el rencor en predios del sentimiento y la sensibilidad, nos hubiésemos extirpado esa mirada agraciada, propia del corazón. Esta es una cuestión para la que no tengo respuesta clara. Formo parte de la multitud y es sumamente complicado ver y, más todavía, prever en nombre de todo un colectivo. Acaso sea, incluso, prematuro. Pero ante esta duda tan angustiosa, no puedo dejar de afirmar que la sinceridad de ese espíritu de conciliación que ha mostrado en la calle y en todo otro escenario una multitud de estudiantes, de cara al afán totalitario de quienes -rodilla en tierra- se congregan en secta y amenazan con repartir mandarriazos, nos colma el espíritu de vientos auspiciosos, nos trae un mensaje de buenos augurios y esperanza. Seña y síntoma son de una vitalidad floreciente que también fluye en el sustrato de nuestra psique colectiva, a contrapelo de los agitados vientos que desde hace varios años mayoritariamente han portado imprecaciones de Odín.

Así, me permitiré expresar el beneficio de la duda para con nuestra conciencia colectiva o para con, al menos, parte de ese sustrato del inconsciente que nos identifica como pueblo. Por esta razón haré algo más de hincapié en el tema del gobierno autoritario; dado que la hipótesis de si nuestra sociedad se encuentra en una fase primitiva que impida justificar, para sí, un escenario más provechoso que el de un gobierno autoritario y ramplón es algo que nadie puede aseverar, hasta el punto de convertirla en tesis. Mas, para ello, será necesario que demos un vistazo al típico cultor de esta modalidad de gobierno que solemos calificar con términos como totalitario, autocrático, dictatorial o autoritario.

Desafortunadamente, el talante despótico y violento brota con mayor habilidad en el seno del alma humana que la gracia de la fraternidad; pareciera ser más corto y menos arduo el camino de dejarnos seducir por las penumbras y miserias que se agolpan en la ciénaga de las frustraciones que el dar la cara a la vida reconociendo nuestras propias falencias, siendo que este desnudo acto de reconocimiento nos permitiría lavar almas y cuerpos en las aguas del vivir. Hay un déspota acechando en los recovecos de toda psique, de allí la intuitiva precaución que en innumerables ocasiones nuestra psique se ve en la inminencia de adoptar, ante las apremiantes arengas que se gestan en esa ciudad crepuscular que palpita en nuestro fondo. Pero hay quienes no pueden vencer la revuelta y caen embriagados ante las cantilenas de las Moiras. Tenemos pues, en nuestras narices, al despótico. Podemos divisarlo, en toda hora y lugar, en las fachas del más modesto y malhumorado de los funcionarios de un castillo burocrático o en las del más encumbrado y refinado de los amos revestidos de divinidad. Pero una condición hay que les hermana: el déspota se aqueja de un mal que podríamos calificar como el de una impostación del ego. En el déspota todo es actuación, todo es grandilocuencia; todo es monumentalismo y magnificencia; quizás, debamos hablar, más bien, de una sobreactuación, de una superlatividad del yo. No se puede dar el lujo de mostrar las máculas de una piel que le abochorna. Y mucho menos se dará el lujo de mostrar los requiebros de su corazón, pues es algo que su ego exacerbado considera como un síntoma de debilidad. Claro es que media una gran distancia en la calidad de los daños que puede infligir un despótico portero ministerial de los que puede ocasionar un napoleón de psique secuestrada. Lo que no nos garantiza que en ellos pudiera operarse un fenómeno de moderación o un cambio de predicamentos si, por un azar, se vieran en la encrucijada de correr la suerte que corrieran el príncipe y el mendigo de la leyenda de Mark Twain. Un príncipe cuya psique haya sido víctima de la aberración del autoritarismo y la violencia, al verse en harapos en medio de calles cubiertas de inmundicia, privado de fasto y poder, acrecentará su rumiante despotismo y su odio hacia todo aquello que se mueva o respire. Y un mendigo cuya psique haya sido absorbida por el yerro del rencor, al verse premiado por los hados con el cetro del poder, no dudará en darle cauce a sus resentimientos hacia el prójimo, a quien -tábula rasa- responsabilizará por los largos años de privaciones a que se vio sometido.

Vayamos al punto. Un gobierno autocrático, totalitarista y censor no será más que el producto de la suma y concertación de algunas naturalezas despóticas tras un claro y, acaso, único objetivo: el poder del vasallaje. De allí las razones de su imperecedero éxito a lo largo de la historia, aun cuando no representen a las mayorías (con toda la diversidad que yace implícita en una conceptuación tan vaga), pues todo ser de naturaleza despótica o de talante autocrático predica el culto a la falange. Y con organizadas y obedientes escuadras no hará falta el concurso de las mayorías para que ellos detenten el poder. Formarán, pues, legiones de hormigas empecinadamente dispuestas a dejar sus tenazas en un campo de batalla, con tal de lograr su cerrado objetivo: el avasallamiento de sus adversarios, el avasallamiento de quienes son neutrales, el avasallamiento de quienes les apoyan y hasta el avasallamiento de sí mismos. Ante tales huestes, el individuo aislado que desea paz y concordia entre los pueblos se encontrará totalmente indefenso; ante una cofradía de déspotas, el hombre solitario que proclama la simple igualdad de derechos humanos será susceptible de ser diligentemente inculpado, segregado y silenciado por la ley de que se vale toda historia oficial.

Pero una respuesta cabal, firme y efectiva ante la amenaza que suponen las montoneras de los déspotas es aquella que hilvana y propone la libre suma y concertación de quienes no están dispuestos ni a avasallar ni a dejarse avasallar por ningún mecanismo coercitivo de la individualidad humana. Porque la voz de la equidad es también inesperadamente poderosa, cuando se la entona con convencimiento, aunque en su misión no incite a vestir las indumentarias de Marte, para blandir venablos y repartir heridas. La voz de un solo hombre equitativo, sumada a la de otro hombre equitativo elevará a los vientos un mensaje de curación. Y sumará otras voces cautivando oídos. Tal, me parece a mí (y creo no equivocarme al respecto), ha sido el mensaje que se ha venido elevando desde los vientres de una población estudiantil, caracterizada porque desaprueba el culto a todo clan y porque tan sólo pretende sumar voces y oídos a la causa de la equidad; porque no se ha dejado seducir por los coros de las furias y los envites marciales y, con ello, ha sembrado un mensaje de esperanza que propone un vertedero diferente a la fatídica conclusión a que llega Cioran en el párrafo que insertáramos a modo de epígrafe. Un estudiantado que no ha caído en el enfermizo juego de verborrea de los operadores políticos -bien sean de gobierno o de oposición- y, antes, ha preferido enarbolar un exhorto a la conciliación de todos los ciudadanos de la nación. Todos sus voceros, sin excepción, han expresado su lógico repudio a la implantación de un sistema de gobierno al que toda disensión le luce como un claro llamado a sediciosas revueltas; un sistema de gobierno que promueve una fangosa verdad única. Todos estos nuevos voceros de nuestra sociedad han mostrado claridad de metas, al concluir que ésta no es más que una lucha cívica cuyos objetivos sólo podrán lograrse a mediano y largo plazo. Hemos sido testigos del despertar de una juventud estudiantil que llegó al colmo del hastío al tener que presenciar y padecer las miserias y entuertos de quienes, impulsados por la borrasca de la desdicha, desean consumar su venganza subyugando, sometiendo y coartando a quienes tan solo desean vivir en santa paz. Hagamos votos porque esa nueva representación estudiantil no desande su camino, porque mantenga su permeabilidad al espíritu de conciliación, porque jamás permita que, ni entre sus filas ni en sus conciencias, se infiltren el déspota y el calculador político. Y hagamos votos porque equidad persuada a despotismo; pues, de no lograrlo, muy poco podrá hacerse para evitar una hecatombe.

[*] E. M. Cioran, La tentación de existir, Punto de Lectura, Santillana Ediciones Generales, Marzo 2002



Luis Alejandro Contreras
Junio 18 de 2007


Publicado previamente en http://www.elmeollo.net/
Award winning video from Amnesty International. Yor signature is more powerful than you think. Winner of the Gold Lion at the Cannes Lions 2007

https://www.youtube.com/watch?v=ehKA8vi2EbE



domingo, 8 de julio de 2007

Ars Poética y el poema como Ars Poética - Fina García Marruz, Dylan Thomas - Pellegrini - Nietzsche




LETRAS CONTRA LETRAS
Ars Poética y el poema como Ars Poética
Pocos son los poetas que, en algún momento de su vida, no hayan dedicado unas páginas, al menos, a la expresión del Ars Poética. Algunos lo han hecho de un modo íntimo o personal -por decirlo así-, expresando sus ideas informalmente, a través de cartas o recurriendo a anotaciones de uso propio y en las que se expone su concepción de un Ars Poética que remite, primeramente, a su propia obra; ideas que, luego, voluntaria o involuntariamente se han transformado en libros; otros, con la decidida intención de plantear el tema abiertamente al público (o abiertamente al aire, pues no pretendemos afirmar que Ars Poética haya sido nunca, y menos hoy, un tema con un gran poder de convocatoria), otros -decíamos- lo han hecho por medio de ensayos e, incluso, estudios monográficos, estos últimos, afortunadamente, son los menos. Sin embargo ¿quién podría decir que no hay en cada caso, una visión implícitamente íntima y personal del arte poético?

Particularmente queremos destacar, en este número con el que damos inicio a la sección Letras Contra Letras, el aspecto visionario que reside en todo poema o, mejor, en todo verdadero poema y en ese vasto, desconocido y subyugante cuerpo de la verdadera poesía. Sabemos la gran carga subjetiva que pueden alojar expresiones como "verdadero poema" o "verdadera poesía". Es un riesgo asumido. La poesía es una forma de vida y no pretendemos que sea la única o que no comporte variantes, según aquel que la cultive. Sin querer entrar a hablar en este momento de su aspecto visionario, hay en ella un ver distinto, un distraído ver despierto, un modo de entrar en un contacto más íntimo con aquello que excede y obsesiona al simple mortal y que algunos optan por designar con palabras como realidad, naturaleza o absurda perplejidad (acepción esta última, tal vez, más apropiada para quienes tienden a ser menos asertivos). Pero más imperativo se nos hace decir ahora, que la poesía no podría manifestarse y llegar a ser esencialmente ella sin su condimento ético, amén del estético, -al cual no vacilamos en colocar en un rol secundario, subalterno-, otro riesgo asumido. Hoy queremos iniciar esta sección con un obsequio: dos breves poemas que nos hablan de un modo de asumir la poesía como forma de vida; dos poetas, dos personas quizás diametralmente distintas, pero corresponsalmente poetas: Fina García Marruz y Dylan Thomas. De ellos traemos dos breves muestras en las que el ars poética se propone como tema, es el poema.

Rescatamos un texto de Aldo Pellegrini que juzgamos sumamente pertinente para un tiempo y una civilización como ésta en la que nos ha tocado vivir, en la que el tan trajinado término “globalización” no alcanza a dar una idea justa de la alucinación que padece el grueso de la humanidad; una civilización que, con rigor, tacha al individuo en el punto más preciado de sus atributos, allí donde debería sanamente respirar su libre albedrío; una civilización (¡caramba! ¿podemos seguir denominándola así?) en la que, al decir de Robert Graves, en su prólogo a La Diosa Blanca, "...son deshonrados los principales emblemas de la poesía. En la que la serpiente, el león y el águila corresponden a la carpa del circo; el buey, el salmón y el jabalí a la fábrica de conservas; el caballo de carreras y el lebrel a las pistas de apuestas; y el bosquecillo sagrado al aserradero. En la que la luna es menospreciada como un apagado satélite de la Tierra y la mujer considerada como ‘personal auxiliar del Estado’. En la que el dinero puede comprar casi todo menos la verdad y a casi todos menos al poeta poseído por la verdad..."

Completaremos este número con una serie que hemos titulado Fragmentarias, un espacio dedicado al fragmento, provenga de quien provenga, de poetas, filósofos y novelistas; de escritores de toda tacha; de santos, mártires, reos y artistas de toda índole, siempre y cuando juzguemos pertinente su decir. En un mundo fragmentado por guerras y disputas, por la explosión de imágenes hipnóticas, por credos ciegos y golpes de pecho, es natural el cultivo de la idea fragmentaria; más que un cultivo podría ser el resultado de una imposibilidad: la del decirnos llanamente, con la serenidad que no nos brindan estos tiempos. Pero, también, puede ser el producto de una urgencia: la de aquel que no puede esperar para poner el dedo en la llaga. En todo caso será un espacio abierto a todo tipo de ideas, siempre y cuando obedezcan a la calidad de fragmento.

Luis Alejandro Contreras










NO ES POR ORGULLO, POESIA

No es por orgullo, poesía
no es por orgullo
que nunca trato de buscarte,
que no me impaciento si no me visitas,
que no me ocupo de publicar tus favores
como un mal amante los favores de su dama,
no es por orgullo,

sino porque sé bien que,
de algún modo,
tú estás en algún sitio firme
esperándonos siempre
y que todos los caminos
oscuros e inciertos
que de ti me separan
irán a dar al final a tu radiante pecho.

Fina García Marruz, Segundas Partes, tomado de Nociones Elementales y Algunas Elegías, libro publicado por Fundarte, Colección Breves, 1994.






EN MI OFICIO O ARTE SOMBRIO

En mi oficio o arte sombrío
ejercido en la noche silenciosa
cuando sólo la luna se enfurece
y los amantes yacen en el lecho
con todas sus tristezas en los brazos,
junto a la luz que canta yo trabajo,
no por ambición ni por el pan
ni por ostentación ni por el tráfico de encantos
en escenarios de marfil,
sino por ese mínimo salario
de sus más escondidos corazones.

No por el hombre altivo
que se aparta de la luna colérica
escribo yo estas páginas de efímeras espumas,
ni para los muertos encumbrados
entre sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, para sus brazos
que rodean las penas de los siglos,
que no pagan con salarios ni elogios
y no hacen caso alguno de mi oficio o mi arte.


Dylan Thomas, Edición original: COLLECTED POEMS, Traducido por Elizabeth Azcona y publicado por Fabril Editora, Buenos Aires, bajo el título de POEMAS COMPLETOS, 1974.




Se llama poesía a todo aquello que cierra la puerta
a los imbéciles

La poesía tiene una puerta herméticamente cerrada para los imbéciles, abierta de par en par para los inocentes. No es una puerta cerrada con llave o con cerrojo, pero su estructura es tal que, por más esfuerzos que hagan los imbéciles, no pueden abrirla, mientras cede a la sola presencia de los inocentes. Nada hay más opuesto a la imbecilidad que la inocencia. La característica del imbécil es su aspiración sistemática a cierto orden de poder. El inocente, en cambio, se niega a ejercer el poder porque los tiene todos.
Por supuesto, es el pueblo el poseedor potencial de la suprema aptitud poética: la inocencia. Y en el pueblo, aquellos que sienten la coerción del poder como un dolor. El inocente, conscientemente o no, se mueve en un mundo de valores (el amor, en primer término), el imbécil se mueve en un mundo en el cual el único valor está dado por el ejercicio del poder.
Los imbéciles buscan el poder en cualquier forma de autoridad: el dinero en primer término, y toda la estructura del estado, desde el poder de los gobernantes hasta el microscópico, pero corrosivo y siniestro poder de los burócratas, desde el poder de la iglesia hasta el poder del periodismo, desde el poder de los banqueros hasta el poder que dan las leyes.
Como la poesía significa libertad, significa afirmación del hombre auténtico, del hombre que intenta realizarse, indudablemente, tiene prestigio ante los imbéciles. En ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinas, bibelots, joyerías, y algo así como la poesía. En esa poesía que ellos usan, la palabra y la imagen se convierten en elementos decorativos, y de ese modo se destruye su poder de incandescencia. Así se crea la llamada "poesía oficial", poesía de lentejuelas, poesía que suena a hueco.
La poesía no es más que esa violenta necesidad de afirmar su ser que impulsa al hombre. Se opone a la voluntad de no ser que guía a las multitudes domesticadas, y se opone a la voluntad de ser en los otros que se manifiesta en quienes ejercen el poder.
Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso: basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido, fuera de la realidad. La poesía es una mística de la realidad. El poeta busca en la palabra no un modo de expresarse sino un modo de participar en la realidad misma. Recurre a la palabra, pero busca en ella su valor originario, la magia del momento de la creación del verbo, momento en que no era un signo, sino parte de la realidad misma. El poeta mediante el verbo no expresa la realidad, sino que participa de ella.
La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran la realidad.
La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.


Aldo Pellegrini, Artículo publicado originalmente en el No. 9 de la revista Poesía de Buenos Aires, 1.961, y luego reproducido en el libro: Para Contribuir a la Confusión General, Edit. Leviatán, Buenos Aires.
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Fragmentarias...

No podemos saber si este manojo de ironías (si exceptuamos, tal vez, el tercer y quinto pensamientos) deben la luz a Federico Nietzsche o a una traviesa mano, agrupadas en un polémico libro titulado Mi Hermana y Yo, del cual hay fuentes que niegan su autenticidad. Al decir de un buen amigo, conocedor de la obra de Nietzsche, este libro es lo que él llama un panfleto. Y acá lo dejamos por el asombro y la curiosidad que nos causa. Asombro por el arrojo de que alguien haya acometido una empresa como esa de hacerse pasar por el gran pensador alemán. Y curiosidad, porque me encantaría encontrar los rastros reales del origen de esta publicación. Con todo, fue publicado en español por Edaf en España y por Santiago Rueda en Argentina. lacl

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Al hombre vulgar le gustaría creer que vive por un solo designio, y esta expresión es definida por su ignorancia de sí mismo y de los fines a que está destinado. ¿Qué es, pues, este gran designio por el cual vive? ¿Una mujer? ¿Hijos? ¿La extensión de esta resbaladiza democracia de la cual tanto se habla? Para ensayar la validez de estos valores, querido ciudadano, párese bajo cualquier árbol sano, repítase estas cosas y fíjese si las ramas no se ríen de usted y de su designio en eterna burla.

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He amado a Sócrates con un afecto que no sentí por ningún ser humano en la historia. Le he perdonado, incluso, su único gran pecado: la transformación de la razón en una fuerza tiránica.

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Si nunca habéis caminado a solas con vosotros mismos por un sendero de la montaña mientras el sol se levanta lentamente sobre los bosques de otro horizonte, no habéis hallado aún una escena apropiada para vuestro renacimiento como alma individual.

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Durante uno de nuestros paseos, Lavizky me preguntó cuál de mis libros me gustaba más. Le contesté que no estaba seguro pero debía ser alguno de los que aún no escribí. Siento tal benevolencia por todas las cosas del mundo que todavía no han nacido.

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¿Qué es lo que distingue a un hombre como rico o lo hunde como pobre? Su capacidad o su inhabilidad para dar cuanto posee, sin perder la sensación de seguridad.

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En muchos sentidos, Kant fue el creador del mundo moderno -¡y qué mundo exclusivista!-, en el que sólo pueden existir las cosas que han sido concebidas en términos de sentido humano y experiencia. En este mundo la mente humana es el dictador supremo y sólo las cosas que están preparadas (y dispuestas) a sujetarse a su regla pueden formar parte del reino de la existencia.

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Hay gente en este mundo que ha sido amamantada tan enteramente de preciosas ilusiones que piensan que sólo les queda una cosa útil para emplear sus energías remanentes, y ella es achicarse a la vista del público en un acto de suicidio moral. Sin embargo, ¿dónde está el deshollinador que no fuese un gran primer ministro? ¿Dónde el rey que, compelido por las circunstancias históricas, no llegara a ser un gran lustrabotas?

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sábado, 7 de julio de 2007

contracorrientes, sentencias en incertidumbre





contracorrientes (sentencias en incertidumbre) fue presentado en diciembre de 2006 para el círculo de amigos más cercanos, en la Librería Lectura. Estoy altamente agradecido con Bernardo Infante por haberle dado acogida en su catálogo a este heterodoxo cuaderno de meditaciones, aforismos, vivencias y, si se quiere, algún asomo poético (entre otras menudencias), perfil que no le hace precisamente un libro que se pueda ubicar cómodamente dentro de una línea de estilo.

Mi inexperiencia, una ansiedad en mala hora acallada por mí ante la espera y ¿por qué no? acaso mi ligereza me hizo que pasara por alto la importancia del “envoltorio” en el que iría empaquetado tal cuaderno. No quiero decir con ello que repruebe el trabajo de Bernardo como editor. Sus cuidadas ediciones incitan al tiento, nos retrotraen a los días de la artesanía; y fue por ello que me atreví a tocar a su puerta después de varias décadas de rumiante especulación en torno al tema de si se justificaría el que intentase yo publicar el producto de mis rasguños sobre el papel. El asunto es que, luego de haber tentado el llamador de su puerta y de que Bernardo generosamente me invitase a pasar a esa casa que es su editorial; luego de que, leído el manuscrito, él se decidiera a la publicación de este cuaderno entre sus filas (queriendo el azar que con ese cuaderno se diera inicio a la Colección Manoa, en merecido homenaje a nuestro apreciado Eugenio Montejo, hecho que en mí no hizo sino acrecentar aún más el peso de la responsabilidad ante el compromiso de divulgar un material que, por años, quise mantener inédito), vino lo que para mí fueron largos meses de espera.

Obviamente, los intereses particulares impulsan a los seres humanos a experimentar una diferente percepción del devenir del tiempo; lo cierto es que mi percepción del tiempo se hizo larga en lo que toca a esperar ver entre mis manos una maqueta de lo que, premeditadamente, habría de ser mi primera publicación (pues, si no era viable el publicar, antes que cualquier otro esbozo mío, estas contracorrientes, entonces no tendría para mí justificación alguna el publicar ninguna otra cosa, dado que contracorrientes cumple algo así como el papel de un maestro de ceremonias entre lo que llevo escrito y ha de ocupar, así, su puesto en el preámbulo).

Y, como dije antes, por inexperiencia, reprimida ansiedad o ligereza, no tomé el debido aviso de que todo libro ha de llevar una noticia sobre el autor. A manera de perfil, yo le había enviado a Bernardo un texto absolutamente informal y, lo acepto, irresponsablemente jovial, pero con la intención de que le sirviera de guía y con miras a depurarlo juntos; después de todo, sólo una vez en la vida se publica un primer libro.

El asunto es que tal revisión no se dio. Un día Bernardo, me llamó para decirme que el libro estaba listo. Por un lado me contentó grandemente; mas, por el otro, al tener el libro entre mis manos y ver en tercera persona un extracto del perfil biográfico a que he hecho mención, me atacó una suerte de desazón (*). Lucía (y lucirá por siempre) como el comentario redactado por un presuntuoso bachiller, cuando nada podía estar más alejado de mi tesitura de espíritu.

A mi mente vino aquella frase de Nietzsche en ocasión de enjuiciar su Nacimiento de la Tragedia: “es un libro echado a perder”; claro que por una razón más grave, como lo fue lo que él consideró como el nocivo influjo de Wagner sobre su vida. Debo asentar muy claramente que en nada pretendo que se me asocie con un genio incomparable como el que habitó la humanidad de Nietzsche. Traigo a colación este episodio para narrar las dimensiones apoteósicas que en mí creó un detalle como ése, pues la nota de presentación que debía llevar la cubierta del cuaderno (la carátula de un libro viene a ser lo que el sobre es a una carta), con los brevísimos afeites fisonómicos que habrían de dar noticia del autor, era un tema para el que no había tenido yo ningún cuidado. Bien. El caso es que lo hecho, hecho está… Y que el libro salió impreso de esta manera a las manos del anónimo lector.


Mi preocupación se vio corroborada, cuando el aguzado Rafael Castillo Zapata, hizo mención del mismo señalamiento que causaba mis desvelos, durante la velada de presentación de algunos títulos del sello editorial de Bernardo (BID&CO Editor), en el marco del Salón del Libro 2007 de Caracas. Debo, por demás, agradecer los generosos comentarios que Castillo Zapata expresara con respecto a contracorrientes, luego, eso sí, de haber convocado mi sonrojo ante la curiosidad que le causaba el contraste entre las “noticias” que se dan del autor en la solapa de libro y el contenido del mismo.Todo ello, a pesar de que notara yo que nuestro presentador tuvo que apoyarse, en su alocución, en la paráfrasis de las palabras de Juan del Solar con motivo de comentar los aforismos de Lichtenberg. (**)  Honor que me hace. No ha de ser expedito el camino para hablar sobre un libro que yo mismo no puedo calificar de otro modo que como heterodoxo.

Deseaba yo, pues, escribir desde diciembre pasado algunas apreciaciones en torno a este preocupante detalle.

Por no prevenir demasiado al lector en torno a contracorrientes y contra la muy respetable opinión de Bernardo, yo había decidido expurgarle un prólogo que hacía las veces de una profesión de fe. No es que me disgustara ese texto, aun aceptando que tuvo su génesis (hace unos quince años) un poco por el acicate de un par de desventurados comentarios en torno a la originalidad que “debería” caracterizar a toda obra. Como si los vasos comunicantes no estuviesen por siempre fluyendo y compartiendo sus líquidos desde el pasado hacia el futuro y desde el futuro hacia el pasado. El tiempo es maleable y los sueños también. ¿Por qué no habrían de serlo igualmente nuestras obsesiones, nuestras ansias de vivir, nuestra sensibilidad, nuestras percepciones, nuestra expresión? Así pues, dado que pienso que el expurgado prólogo en algo puede contribuir a ofrecer un esbozo algo más cabal de la inveteradamente subjetiva fisonomía de un espíritu, me decido ahora -a título post mortem y por este medio- a publicarlo, de seguidas a estas glosas.

Luis Alejandro Contreras




(*) El texto que se presenta como datos personales en este blog es el que abría la noticia bibliográfica objeto de estas apostillas, pero ese fragmento fue "podado" del corpus que se dispuso en la solapa del libro.



(**) Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos. Juan del Solar, 1990.



Nueva adición al texto (año 2012). Hay edición reciente de los “Aforismos” con la nota introductoria de Lichtenberg, en Edhasa, España, 2008.


* * * * * * *

Caro lector: no he pretendido, en modo alguno, “ejercer” aquí una variante de crítica intelectual ni, mucho menos, una rara especie de exégesis poética. Son apenas cinco o seis imágenes obsesivas que se repiten incesantemente, cambiando el color y corte de sus trajes. No es un libro de hallazgos, en el sentido de superación personal, tan en boga en nuestros días; si -hoy por hoy- todavía puede tener algún valor la palabra de un hombre, la confesión, la declaración sincera, puedo decirte que esta colecta de dicciones y contradicciones no ha tenido, en su gestación y orquestación, ninguna intencionalidad dirigida. Si ha de tener alguna, quizás sea la de cierto culto maniático por la poda de las ideas, lo que se traduce en una poda de las palabras (siempre me he encontrado incómodo entre jardines edulcoradamente adornados, me siento como un perfecto farsante). El azar se roba el papel del más terrible seductor; así que siento más bien a este libro, como una reunión -acaso un diálogo- de sorprendimientos (espero sea dispensado por el trance de tener que apelar a palabra inexistente, mas no lo puedo expresar de otra manera); sorprendimiento de la imagen subrepticia, la idea que se impone a fogonazos; sorprendimiento del sueño en la vigilia y de la imago que sale a flote engarzada entre las redes del sueño. Sorprendimiento de un lenguaje que quiere crecer a su capricho, a pesar de unas bien afiladas tijeras. Obviamente, hay en él algo de pensamiento -perogrulladas, tal vez, acaso haya que volver a ellas- pero, ni lo guardo bajo custodia ni lo creo de mi exclusividad, por fortuna. Si tuviera que decir algo, en mi descargo, para complacer o soliviantar el ánimo de los practicantes de la crítica con lupa, los cazadores de analogías, les diría -a riesgo de parecer altaneramente afirmativo- que tengo la certeza de la existencia de coordenadas, correspondencias del espíritu y del pensamiento en la memoria y el olvido; correspondencias del sentido, es decir, del pensamiento vivido, vibrado y de la vida padecida en el alma; correspondencias del instinto bruto, sabiamente animal y del humano sentimiento. Sostengo que tales correspondencias no podrán nunca obedecer a un acto de voluntad individual y que, además, no puede uno decidir alistarse en tales o cuales coordenadas. Se nace siendo instrumento y aunque somos, también, melodía, ni somos el solista, ni el director del coro. Tampoco pongo en duda la existencia de la voz que nos habla quedamente desde el otro lado del frágil espejo que somos; la voz cuyo influjo Robert Graves atribuyó a una Diosa Blanca. Acaso, de este libro, mía sea tan sólo la letra. Pero ya basta. Más no te puedo apuntar, porque ello sería transgredir lo azaroso de su decir.
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© Luis Alejandro Contreras. Contracorrientes (sentencias en incertidumbre), bid & co editor c. a., Colección Manoa, Caracas, 2006 .
Algunas panorámicas de la noche del bautizo (14-12-06). En la Librería Lectura. ¿Quién más podía oficiar de padrino, como no fuera mi compadre Mario Amengual?
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NOTA DEL 1ro. DE OCTUBRE DE 2015: Agregamos la carátula de la reimpresión realizada en Noviembre de 2013, y que, por desgracia, la editorial BID & CO no tratara como tal, corregida y aumentada, si tomamos en cuenta que en la reedición se incluyó el prólogo reproducido en esta glosa. Ni siquiera tuvieron la decencia de colocar al año 2013 en la ficha bibliográfica de la reedición. Se limitaron a colocar de nuevo el
año 2006 como "año de publicación". Una comodidad puedo llamarlo yo. Otros lo denominarían de un modo mucho menos complaciente. En fin, pamplinas como ésas son los asuntos que menos me interesan.
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Fragmentos

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: no olvidar nunca que

la palabra es sólo una de las vías

por donde el hombre puede entrar en contacto

con la poesía.



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¿ No hay cierto aroma de antigüedad calcinada

en el polen de la palabra volver ?



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Descreo de la primera frase,

el primer gesto.

Descreo de los gestos interinos,

las frases intermedias,

las sentencias.

Y no puedo ser más

que un aburrido sentencioso.

Y adoro las palabras,

pero tengo que descreer de ellas

si me percato de que olvido fácilmente

que ellas están, también, para la dicción

de aquello acerca de lo que no creo.



* * * * *

¿ Cuánto mide un kilo ?
¿ Cuánto pesa un metro ?

Los fanáticos caracterizan sus angustias
y a eso luego llaman arte, amor, filosofía...

¿ Y qué es un metro sino cien pedacitos de nada ?


* * * * *

Que el enamorarse es crear una religión cuyo dios es falible es una frase irrefutable de Borges y, a la vez, sorprendente pues, a pesar de la incontenible avanzada de inhumanismo presente, confiere al ser humano el privilegio de exhibir un don para la creación y, más aún, para la devoción.
Desgraciadamente, demasiado pronto nos advierte sobre la futilidad de crear devociones a nuestra imagen y semejanza.

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P. S. Anexo del 30 de Enero de 2016
A tantos años de distancia agrego algunos párrafos del libro, que aparecen al comienzo de la segunda parte.




1995-2005

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Hoy por hoy no quedan muchos literatos, en el sentido vocacionalmente académico, humanista y críptico que antiguamente comportaba el término.  Se han multiplicado los profesionales de la escritura, gentes que no gozan de la intimidad con el lápiz. A la mayoría de estos escritores del presente, se los distingue con facilidad porque les seduce grandemente el vodeville.

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Gran parte de nuestros escritores -me refiero especialmente a los ‘éditos’, dado que los inéditos serán (o seremos, a qué ocultarlo) siempre un misterio-, dan muestras de adolecer de una carencia de períodos de crisalidación,  en el más estricto sentido zoológico de la palabra, como lapso de lento cambio, de transformación interna, estadio ninfal de completo reposo y ayunamiento, y en el que el retiro y la soledad fungen de tegumento.

*****

Mi casa huele a atún recién cocido,
tus ojos a llovizna recién caída.
¿ Quién podría pretender
que debemos entendernos ?

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Las angulosidades del cuerpo femenino
se corresponden con la esencia del alma femenina.
¿ Por qué tantas mujeres de hoy hablan dodecaedros ?

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Hombre o mujer, niño o anciano.
Todo ser humano tiene un punto de equilibrio
como lo tiene toda cosa viva.
Tal, el vuelo de una mariposa, el canto de una ballena.
Toda cosa inerte tiene un punto de equilibrio
(sea el brillo de un perdido broche
o el imprevisto halo de un guijarro)
pues, lo inerte no está muerto y eso lo sabe todo niño
que no haya sido castrado al nacer.
Todas las cosas, animadas o inanimadas,
tienen un centro en el cual oscila la balanza.
Y la balanza es sólo una.  Sal solo a la noche,
tomando cuidado de dejar colgados en casa los pensamientos,
tal como dejarías en el armario un viejo y raído saco.
Observa los campos celestes, sus cuerpos vibrando equidistantes,
reconociendo una piedra entre tus manos.
¿ Tendrás el coraje de afirmar que vivimos sólo para vivir “mejor” ?
¿ o que debemos echarnos encima el jornal para que otros, ni más ni menos
ciertos, ni más ni menos dueños que nosotros de una efímera verdad,
nos den su aprobación ?
¿ Tendrás el valor de decir que es más importante
pagar la cuenta de la luz o del teléfono que dialogar con el cielo?
El cielo eres tú mismo o, al menos, eres su reflejo.
Y todas las cosas gozan de un punto de equilibrio.
Aún cuando nos empeñemos en danzar, aparentemente,
fuera del círculo de sus dominios.



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Nota del 04 de Febrero de 2016: Uno o dos meses antes de la presentación inicial del libro (que tuvo lugar el 14 de Diciembre de 2006) elaboramos, por nuestra cuenta, unas etiquetas, y le hicimos la solicitud a la editorial para que la misma fuera colocada en la contra carátula del libro, pero nunca se las agregaron a esa edición de 2006. Los pocos ejemplares que muestran esa etiqueta en la contra carátula, la tienen porque fueron colocadas allí por un servidor.