sábado, 18 de marzo de 2017

Cuadernos de notas. Algunas anotaciones recogidas al azar - La magia de Mahler


Lo que señalan seres tan dispares al común denominador, seres como  Kraus, Thoreau, Gurdjieff, Cioran, Pessoa, Kafka, Lawrence o Cage, entre muchos otros, es el absurdo organizacional que ha erigido el ser humano como institución.

Las formas, que absurdamente prevalecen ante el sentido común que dicta la vida sin más, y esa organización creada para administrar nuestra propia asfixia es lo que hemos establecido como norma.

Si siguiéramos las normas de la naturaleza y no las de esta farsa que hemos elevado a tabla de mandamientos, el mundo quizás no se encontraría al borde del abismo, ni tantas gentes sumidas en la angustia.

Vivimos aherrojados a una ficción. Y la pergeña una minoría gobernante en nuestras narices. Y si no la pergeña, le viene muy bien, en todo caso. Si la sociedad anónima que suspira a la sombra de los poderosos desahuciados no aplaudiera los sainetes de mal gusto y peores artes que componen estos últimos, tengo la impresión de que otros gallos cantarían.

Para mi cuaderno Inscripciones en el dolmen… 04 de Marzo, 2017  

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“…Si quieres conocer a una persona, no le preguntes lo que piensa sino lo que ama...”
San Agustín de Hipona.
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Un comentario:

A nuestro modo de ver, San Agustín se estaría refiriendo a lo que podríamos llamar una pregunta silenciosa.

Pues el asunto es si una persona a la que se le interrogue al respecto, ha de responder con sinceridad.

Si le preguntamos a un autócrata, por ejemplo, sobre lo que ama, probablemente responda que, en primer lugar, ama a su pueblo. Pero si en lugar de preguntarle, nos fijamos en su proceder, podríamos terminar concluyendo que su verdadero y único amor ha sido el poder.

(sin fecha, por lo momentos, hasta que encuentre el papel donde se escribiera esta brevedad…)

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El mensaje sólo puede ser recibido por el destinatario que vibra en la misma frecuencia del "mensaje". El mensajero no entrega nada. Cuando el mensajero cae en la celada de “creer” que entrega algo es porque ha caído en el engaño de su invidente yo. Mas cuando la entrega es francamente desprendida no hay que preocuparse de si a uno lo escuchan o no. Pues la misión es enunciar la palabra y lanzarla a la deriva, como la hoja que se han llevado los vientos.

Alguien la escuchará, alguien la contemplará. Sólo hay entrega de aquello a lo que amorosamente hemos renunciado.

18 de marzo de 2016

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(Adenda del 19 de marzo de 2017)


Recuerdo que esta anotación surgió espontáneamente como respuesta a un artículo que versaba sobre ese asunto de un modo, si se quiere, más científico. Lamentablemente, he perdido la dirección web del mismo. En esa glosa se aseveraba que lo que postula la primera frase, “El mensaje sólo puede ser recibido por el destinatario que vibra en la misma frecuencia del mensaje”, es un axioma comprobable científicamente al día de hoy. Es decir, que una palabra, una emoción, un contenido sólo puede ser recibido por una persona que vibre en la misma frecuencia de tal palabra, emoción o contenido. Inmediatamente me quedé pensando en si la vibración del emisor del mensaje no debería de ser, por ende, también similar a la del mensaje en sí. Acaso esto luzca a primera vista como una reflexión baladí, pero no podría serlo, toda vez que no puede haber un mensaje sin un emisor. Y el mensaje es llevado por un emisario. Pero, ¿es el emisario el emisor? Ello me llevó a pensar, de seguidas, que no todo lo que expresamos puede o debe llevar una etiqueta de copyright, pues los contenidos, emociones y enunciaciones que ofrendamos a los demás son, a su vez, donaciones recibidas del cosmos del que formamos parte y somos espejo. Se entrega lo que humildemente es nuestro sólo por el hecho de habernos sido dado. Aunque el emisario sea, en cierta forma, una de las caras del emisor.


19 de marzo, 2017, hora del pulmón.

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No aguanto el sueño, que dobla mi cerviz y la hace parecer caña de pescar hundiendo sus anzuelos en el lago de los discursos encriptados... Me entrego a los duendes de la noche...

18 de marzo de 2016

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Mahler: Symphony No. 8 / Bernstein · Vienna Philharmonic Orchestra


Reproduzco una nota de Febrero 29 de 2012: La magia de Mahler trasciende las fronteras del pensamiento y del sentimiento. Y la Sinfonía # 8 es muestra fehaciente de ello.

Quien goce hoy de la fortuna de poder abandonarse a la escucha, acaso forme parte de una privilegiada minoría pues, el hombre moderno ha ido perdiendo, paulatinamente, los sencillos goces de antaño.

Sólo se le rinde pleitesía al perorar, al discurso vacuo que ha venido a parar en moneda de cambio. Se pisotea el tiempo y nos perdemos lo más sagrado de su atemperado paso creador.

Y si en alguna creación podemos constatar las cadencias conmovedoras de su ralentizado paso es en la música de Mahler. Una música que realmente logra arrancar las almas de su seno para elevarlas al cielo, en una suerte de matrimonio místico. 
br /> br /> https://www.youtube.com/watch?v=NSYEOLwVfU8

Sofía Rodríguez, Agua vencida. Palabra desleída. Una palabra que nos llega al plexo!



Acompañamos de corazón ese sentir del que habla esta palabra. Una palabra que, en lo desleído, vence al agua y vence a las mentiras disfrazadas de costumbre...

¿Puedo sentirme afortunado cuando digo que no reniego ni renegaré nunca de la Diosa? Porque eso es lo que me revalida este poema leído frente a la contemplación y la escucha de las sosegadas ondulaciones del río.

Deberemos los hombres aprender a desaprender todas la falacias con que se teje esa mentira que se oculta tras una frágil virilidad. La única virilidad que debería el hombre agradecer es aquella que gusta en comulgar y refocilarse con la Diosa en su recinto…

Y antes de dejarles con esa lectura de las aguas vencidas, agregamos acá un par de anotaciones extractadas de los ensayos de Robert Graves en su libro “Los dos nacimientos de Dionisio”, que apuntan a un mirar sin velos.

(lacl)


* * * * *

La substitución del matriarcado por el patriarcado condujo a la substitución del patriarcado por la democracia, de la democracia por la plutocracia y de la plutocracia por la mecanarquía disfrazada de tecnología.


* * * * *

Los hombres están perdidos sin el amor mágico de la mujer y ambos sexos pierden poder a menos que puedan tomar refugio en las artes manuales y el compañerismo constante.



Robert Graves,
¿Qué es lo que no ha ido bien? (En: Los dos nacimientos de Dionisio, Seix Barral)... 


AGUA VENCIDA...

https://www.youtube.com/watch?v=zEH74oy67vg&feature=share


Memoranda. Mi padre y la palabra. Los imponderables...



Mi padre siempre tenía una palabra o, mejor, una lacónica expresión para significar la hora del fracaso o del revés. “Los imponderables” decía… y dejaba a la deriva su enunciado cabalgando sobre el aire, como albergando la esperanza de que su barca alcanzara puerto de escucha.

Cuando siendo un niño (e, incluso, en mi adolescencia) le escuchaba esa expresión, me parecía estar plantado ante el título de un intrincado teorema del misterio.

Hombre organizado y metódico, amén de ganado para la laboriosidad, ello no le indujo a marginar su sencillez y, menos aún, su cuota de candor originario, pues la llama del corazón -para bien o para mal- fue siempre luz orientadora de sus pasos.

A lo largo de los años con los que la gracia nos donó de afectiva convivencia me tocó sospechar, algunas veces, que mi padre había sufrido algún percance, dado que en tales ocasiones su temperamento se volvía taciturno, perdía locuacidad. Pues no había intenciones en él de compartir cargas pesadas.

Pero ese sucinto giro lingüístico para demarcar la derrota era, generalmente, proferido en su intención de señalar yerros humanos; quiero decir, que salía a flote por develar bajezas de temperamento, antes que para señalar los golpes del azar, de la causalidad o de la providencia. Acaso el karma no estuviera contemplado en su enunciado, aunque no excluido.

Eso lo comprobé después, cuando tuve edad para servir de confidente a sus más hondas preocupaciones o de repositorio a sus más profundos anhelos en la vida, no otros que los de ponerle rieles a la felicidad de sus seres más queridos, tal como él siempre quiso servir a los demás (aun cuando algunos no se percataran de ello o no lo comprendieran). “…Los imponderables…” era, pues, lacónico enunciado para la hora de tener que tragarse la mala fe de algún querido amigo o, incluso, la más dolorosa de algún familiar. Y lo vi desprenderse dolorosamente de sus engañados afectos, como quien se despoja de una mano, para no verles nunca más, a expensas de extrañarles en silencio… 

Pero jamás fue, tal enunciado, propicio para la hora de la peor de las derrotas, como cuando nos tocó padecer la pérdida de algunos seres queridos cortados en flor por las inconmovibles parcas. Ante tales eventos, no era infrecuente sorprenderlo mientras se decía, como para sí mismo: “…somos hijos de la muerte…”


(28 de Abril, 2012)



Luis Amado, que tal ha sido su nombre, fue un amante de la música. Dejamos aquí un regalo que siempre me agradeció... La música de Mahler. En especial el Adagietto de la Quinta y el Adagio de la Sinfonía 10 o La Inconclusa... Gustaba de sentarse por las tardes a contemplar la montana del Avila mientras Mahler acompañaba sus pensamientos.
Esta semana se ha cumplido la centena de años de su venida al mundo físico. Por ese motivo subo esta anotación escrita hace unos cuatro años.   


https://www.youtube.com/watch?v=15WQNKhaCHY https://www.youtube.com/watch?v=vHyV8noUXC0

domingo, 12 de marzo de 2017

María Zambrano: “Por qué se escribe”



Sin mayores preámbulos, un documento incontestable, con el que el lector establece una grata conversa a sottovoce...
lacl


María Zambrano: “Por qué se escribe”

«Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas.
Pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar de una justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella, encuentra.
Habiendo un hablar, ¿por qué el escribir? Pero lo inmediato, lo que brota de nuestra espontaneidad, es algo de lo que íntegramente no nos hacemos responsables, porque no brota de la totalidad íntegra de nuestra persona; es una reacción siempre urgente, apremiante. Hablamos porque algo nos apremia y el apremio llega de fuera, de una trampa en que las circunstancias pretenden cazarnos, y la palabra nos libra de ella. Por la palabra nos hacemos libres, libres del momento, de la circunstancia apremiante e instantánea. Pero la palabra no nos recoge, ni por tanto, nos crea y, por el contrario, el mucho uso de ella produce siempre una disgregación; vencemos por la palabra al momento y luego somos vencidos por él, por la sucesión de ellos que van llevándose nuestro ataque sin dejarnos responder. Es una continua victoria que al fin se transmuta en derrota.
Y de esta derrota, derrota íntima, humana, no de un hombre particular, sino del ser humano, nace la exigencia de escribir. Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente.
Y la victoria sólo puede darse allí donde ha sido sufrida la derrota, en las mismas palabras. Estas mismas palabras tendrán ahora en el escribir distinta función; no estarán al servicio del momento opresor; ya no servirán para justificarnos ante el ataque de lo momentáneo, sino que, partiendo del centro de nuestro ser en recogimiento, irán a defendernos ante la totalidad de los momentos, ante la totalidad de las circunstancias, ante la vida íntegra.
Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja. Y esto, independientemente de que el escritor se preocupe de las palabras y con plena conciencia las elija y coloque en un orden racional, esto es, sabido. Lejos de ello, basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. Esta voluntad de retención se encuentra ya al principio, en la raíz del acto mismo de escribir y permanentemente le acompaña. Las palabras van así cayendo, precisas, en un proceso de reconciliación del hombre que las suelta reteniéndolas, de quien las dice en comedida generosidad.
Toda victoria humana ha de ser reconciliación, reencuentro de una perdida amistad, reafirmación después de un desastre en que el hombre ha sido la víctima; victoria en que no podría existir humillación del contrario, porque ya no sería victoria, esto es, gloria para el hombre.
Y así, el escritor busca la gloria, la gloria de una reconciliación con las palabras, anteriores tiranas de su potencia de comunicación. Victoria de un poder de comunicar. Porque no sólo ejercita el escritor un derecho requerido por su atenazante necesidad, sino un poder, potencia de comunicación, que acrecienta su humanidad, que lleva la humanidad del hombre a límites recién descubiertos, a límites de la hombría, del ser hombre, que va ganando terreno al mundo de lo inhumano, que sin cesar le presenta combate. A este combate del hombre con lo inhumano, acude el escritor, venciendo en un glorioso encuentro de reconciliación con las tantas veces traidoras palabras. Salvar a las palabras de su vanidad, de su vacuidad, endureciéndolas, forjándolas perdurablemente, es tras de lo que corre, aun sin saberlo, quien de veras escribe.
Porque hay un escribir hablando, el que escribe “como si hablara”; y ya este “como si” es para hacer desconfiar, pues la razón de ser algo ha de ser razón de ser esto y sólo esto. Y el hacer una cosa “como si” fuese otra, le resta y socava todo su sentido, y pone en entredicho su necesidad.
Escribir viene a ser lo contrario de hablar; se habla por necesidad momentánea inmediata y al hablar nos hacemos prisioneros de lo que hemos pronunciado, mientras que en el escribir se halla liberación y perdurabilidad -sólo se encuentra liberación cuando arribamos a algo permanente-. Salvar a las palabras de su momentaneidad, de su ser transitorio, y conducirlas en nuestra reconciliación hacia lo perdurable es el oficio del que escribe.
Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién?
Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tienen que escribir.
Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor. El secreto se revela al escritor mientras lo escribe y no si lo habla. El hablar sólo dice secretos en el éxtasis, fuera del tiempo, en la poesía. La poesía es secreto hablado, que necesita escribirse para fijarse, pero no para producirse. El poeta dice con su voz la poesía, el poeta tiene siempre voz, canta dice o llora su secreto. El poeta habla, reteniendo en el decir, midiendo y creando en el decir con su voz las palabras. Se rescata de ellas sin hacerlas enmudecer, sin reducirlas al solo mundo visible, sin borrarlas del sonido. La poesía descubre con la voz el secreto. Pero el escritor lo graba, lo fija ya sin voz. Y es porque su soledad es otra que la del poeta. En su soledad se le descubre al escritor el secreto, no del todo, sino en un devenir progresivo. Va descubriendo el secreto en el aire y necesita ir fijando su trazo para acabar al fin por abarcar la totalidad de su figura… Y esto, aunque posea un esquema previo a la última realización. El esquema mismo ya dice que ha sido preciso irlo fijando en una figura; irlo recogiendo trazo a trazo.
Afán de desvelar y afán irreprimible de comunicar lo desvelado; doble tábano que persiguen al hombre, haciendo de él un escritor. ¿Qué doble sed es ésta? ¿Qué ser incompleto es éste que produce en sí esta sed que sólo escribiendo se sacia? ¿Sólo escribiendo? No; sólo por el escribir; pues lo que persigue el escritor, ¿es lo escrito, o algo que por lo escrito se consigue?
El escritor sale de su soledad a comunicar el secreto. Luego ya no es el secreto mismo conocido por él lo que le colma, puesto que necesita comunicarle. ¿Será esta comunicación? Si es ella, el acto de escribir es sólo medio, y lo escrito, el instrumento forjado. Pero caracteriza el instrumento el que se forja en vista de algo, y ese algo es lo que presta su nobleza y esplendor. Es noble la espada por estar hecha para el combate, y su nobleza crece si la mano de obra la forjó con primor, sin que esta belleza de forma socave el primer sentido: el estar formada para la lucha.
Lo escrito es igualmente un instrumento para este ansia incontenible de comunicar, de “publicar” el secreto encontrado, y lo que tiene de belleza formal no puede restarle su primer sentido; el de producir un efecto, el hacer que alguien se entere de algo.
Un libro, mientras no se lee, es solamente un ser en potencia, tan en potencia como una bomba que no ha estallado. Y todo libro ha de tener algo de bomba, de acontecimiento que al suceder amenaza y pone en evidencia, aunque sólo sea con su temblor, a la falsedad.
Como quien pone una bomba, el escritor arroja fuera de sí, de su mundo y, por tanto, de su ambiente controlable, el secreto hallado. No sabe el efecto que va a causar, qué va a seguir de su revelación, ni puede con su voluntad dominarlo. Por eso es un acto de fe, como el poner una bomba o el prender fuego a una ciudad; es un acto de fe como lanzarse a algo cuya trayectoria no es por nosotros dominable.

Puro acto de fe el escribir, y más, porque el secreto revelado no deja de serlo para quien lo comunica escribiéndolo. El secreto se muestra al escritor, pero no se le hace explicable; es decir, no deja de ser secreto para él primero que para nadie, y tal vez para él únicamente, pues el sino de todo aquel que primeramente tropieza con una verdad es encontrarla para mostrarla a los demás y que sean ellos, su público, quienes desentrañen su sentido.
Acto de fe el escribir, y como toda fe, de fidelidad. El escritor pide la fidelidad antes que cosa alguna. Ser fiel a aquello que pide ser sacado del silencio. Una mala trascripción, una interferencia de las pasiones del hombre que es escritor destruirían la fidelidad debida. Y así hay el escritor opaco, que pone sus pasiones entre la verdad transcrita y aquellos a quienes va a comunicársela.
Y es que el escritor no ha de ponerse a sí mismo, aunque sea de sí de donde saque lo que escribe. Sacar de sí mismo es todo lo contrario que ponerse a sí mismo. Y si el sacar de sí con seguro pulso la fiel imagen da transparencia a la verdad de lo escrito, el poner con vacua inconsciencia las propias pasiones delante de la verdad, la empaña y oscurece.
Fidelidad que, para lograrse, exige una total purificación de las pasiones, que han de acallarse para hacer sitio a la verdad. La verdad necesita de un gran vacío, de un silencio donde pueda aposentarse, sin que ninguna otra presencia se entremezcle con la suya, desfigurándola. El que escribe, mientras lo hace necesita acallar sus pasiones y, sobre todo, su vanidad. La vanidad es una hinchazón de algo que no ha logrado ser y se hincha para recubrir su interior vacío. El escritor vanidoso dirá todo lo que debe callarse por su falta de entidad, todo lo que por no ser verdaderamente no debe ser puesto de manifiesto, y por decirlo, callará lo que debe ser manifestado, lo callará o lo desfigurará por su intromisión vanidosa.
La fidelidad crea en quien la guarda la solidez, la integridad de ser uno mismo. La fidelidad excluye la vanidad, que es apoyarse en lo que no es, en lo que es verdad. Y esta verdad es lo que ordena las pasiones, sin arrancarlas de raíz, las hace servir, las pone en su sitio, en el único desde el cual sostienen el edificio de la persona moral que con ellas se forma, por obra de la fidelidad a lo que es verdadero.
Así, el ser del hombre escritor se forma en esta fidelidad con que transcribe el secreto que publica, siendo fiel espejo de su figura, sin permitir la vanidad que proyecte su sombra, desfigurándola.
Porque si el escritor revela el secreto no es por obra de su voluntad, ni de su apetito de aparecer él tal cual es (es decir, tal cual no logra ser) ante el público. Es que existen secretos que exigen ellos mismos ser revelados, publicados.
Lo que se publica es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido; para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las nieblas del tedio, que es la mentira vital. Pero a este resultado no puede tal vez llegarse cuando es querido por sí mismo, filantrópicamente. Libera aquello que, independientemente de que lo pretenda o no, tenga poder para ello, y por el contrario, sin este poder de nada sirve pretenderlo. Hay un amor impotente que se llama filantropía. “Sin la caridad, la fe que transporta las montañas no sirve de nada”, dice San Pablo, pero también: “La caridad es el amor de Dios”.
Sin fe, la caridad desciende a impotente afán de liberar a nuestros semejantes de una cárcel, cuya salida ni tan siquiera presentimos, en cuya salida tan ni siquiera creemos. Sólo da la libertad quien es libre. “La verdad os hará libres”. La verdad, obtenida mediante la fidelidad purificadora del hombre que escribe.
Hay secretos que requieren ser publicados y ellos son los que visitan al escritor aprovechando su soledad, su efectivo aislamiento, que le hace tener sed. Un ser sediento y solitario necesita el secreto para posarse sobre él, pidiéndole, al darle su presencia progresivamente, que la vaya fijando, por palabra, en trazos permanentes.
Solitario de sí y de los hombres y también de las cosas, pues sólo en soledad se siente la sed de verdad que colma la vida humana. Sed también de rescate, de victoria sobre las palabras que se nos han escapado traicionándonos. Sed de vencer por la palabra los instantes vacíos, idos, el fracaso incesante de dejarnos ir por el tiempo.
En esta soledad sedienta, la verdad aun oculta aparece, y es ella, ella misma la que requiere ser puesta de manifiesto. Quien ha ido progresivamente viéndola, no la conoce si no la escribe, y la escribe para que los demás la conozcan. Es que en rigor si se muestra a él, no es a él, en cuanto a individuo determinado, sino en cuanto individuo del mismo género de los que deben conocerla, y se muestra a él, aprovechando su soledad y ansia, su acallamiento de la algarabía de las pasiones. Pero no es a él a quien se le muestra propiamente, pues si el escritor conoce según escribe y escribe ya para comunicar a los demás el secreto hallado, a 6 quien en verdad se muestra es a esta conjunción de una persona que dice a otras, a esta comunicación, comunidad espiritual del escritor con su público.
Y esta comunicación de lo oculto, que a todos se hace mediante el escritor, es la gloria, la gloria que es la manifestación de la verdad oculta hasta el presente, que dilatará los instantes transfigurando las vidas. Es la gloria que el escritor espera aún sin decírselo y que logra, cuando escuchando en su soledad sedienta con fe, sabe transcribir fielmente el secreto desvelado. Gloria de la que es sujeto recipiendario después del activo martirio de perseguir, capturar y retener las palabras para ajustarlas a la verdad. Por esta búsqueda heroica recae la gloria sobre la cabeza del escritor, se refleja sobre ella. Pero la gloria es en rigor de todos; se manifiesta en la comunidad espiritual del escritor con su público y la traspasa.
Comunidad de escritor y público que, en contra de lo que primeramente se cree, no se forma después de que el público ha leído la obra publicada, sino antes, en el acto mismo de escribir el escritor su obra. Es entonces, al hacerse patente el secreto, cuando se crea esta comunidad del escritor con su público. El público existe antes de que la obra haya sido o no leída, existe desde el comienzo de la obra, coexiste con ella y con el escritor en cuanto a tal. Y sólo llegarán a tener público, en la realidad, aquellas obras que ya lo tuvieren desde un principio. Y así el escritor no necesita hacerse cuestión de la existencia de ese público, puesto que existe con él desde que comenzó a escribir. Y eso es su gloria, que siempre llega respondiendo a quien no la ha buscado ni deseado, aunque sí la presente y espere para transmutar con ella la multiplicidad del tiempo, ido, perdido, por un solo instante, único, compacto y eterno».
(Fuente: “Hacia un saber sobre el alma”, María Zambrano, Alianza Literaria)



https://www.youtube.com/watch?v=x9t3vYFsUMk

viernes, 10 de marzo de 2017

Merleau-Ponty, SIGNOS - La U.R.S.S. y los campos de concentración




No voy a emitir opinión respecto a la nota que Merleau-Ponty escribiera en 1950 sobre la U.R.S.S. y los campos de concentración, en respuesta a David Rousset. Simplemente dejo copia de su glosa en scan, para quien desee leerla, a pesar de que la traducción no luce muy lograda y de que se cuelan algunos errores de imprenta. La dejamos aquí, pues nos parece un valiente documento formulado para la denuncia del avasallamiento y la opresión en que suele devenir el poder, incluso, cuando se trata de un sistema que afirma sus bases sobre el supuesto del bien común…
Para leer la glosa, hay que hacer click sobre las imágenes y, luego, nuevamente click en zoom para ampliarlas.
Salud!
lacl


Aunque dejamos un par de fragmentos...
 
 “…Sí, la pregunta sigue siendo más imperiosa: ¿Cómo ha podido Octubre de 1917 abocar a la sociedad cruelmente jerarquizada cuyos rasgos van precisándose poco a poco ante nuestra vista? En Lenin, en Trotsky y con mayor razón en Marx, ni una palabra que no sea sana, que no hable aú
n hoy al corazón de los hombres de todos los países, que no nos sirva para comprender lo que pasa entre nosotros. Y, después de tanta lucidez, de tanto sacrificio, de tanta inteligencia, los diez millones de deportados soviéticos, la estupidez de la censura, el pánico de las justificaciones.
Si  nuestros comunistas quieren pasar por alto la pregunta, tampoco sus adversarios pretenden hacérsela y nada de lo que escriben nos da siquiera un principio de respuesta…”

“…Mirando hacia el origen del sistema de campos de concentración,* medimos la ilusión de los comunistas de hoy. Pero es también esta ilusión lo que impide confundir el comunismo y el fascismo. Si nuestros comunistas aceptan los campos de concentración y la opresión, es porque esperan de ella la sociedad sin clases por el milagro de las infraestructuras. Se engañan pero eso es lo que ellos piensan…”

* Hago una breve enmienda al texto para evitar el feo giro que ha utilizado el traductor: “concentracionario”.










martes, 28 de febrero de 2017

Guarida de los poetas. Hermann Hesse, Oda a Hölderlin, Montañas en la noche, En la niebla.




Oda a Hölderlin 

Amigo de mi juventud, a ti regreso agradecido
ciertos atardeceres, cuando entre los saúcos,
en el jardín que duerme, suena sólo
la fuente susurrante.
Hoy nadie te conoce, amigo mío; en estos tiempos nuevos
muchos se han apartado del encanto tranquilo de la Hélade,
sin oraciones y sin dioses
prosaicamente el pueblo camina sobre el polvo.

Mas, para una secreta multitud de absortos entrañables
a los que el dios llenó el alma de anhelos
aún suenan las canciones
de tu arpa divina.

Cansados del trabajo regresamos ansiosos
a la ambrosía nocturna de tus cánticos,
pues con el batir de sus alas nos envuelve
en un sueño dorado.

Y cuando nos hechiza tu canto, arde más fuerte,
más dolorosamente, hacia el venturoso país del tiempo ido,
hacia los templos de los griegos,
nuestra nostalgia interminable.


Versión provisional de un servidor. No me convencen las traducciones que he encontrado. Y no aparecen, en mi biblioteca, ninguno de los dos ejemplares de su poesía que tradujera (si mal no recuerdo, Rodolfo Modern). Esos tomos suelen caminar por la casa, son --como Hesse- caminantes. En lo que aparezca alguno de ellos, cotejo su versión para mejorar la presente.





Montañas en la noche

El lago se ha extinguido,
oscuro duerme el cañaveral
murmurando en el sueño.
Sobre el campo extendidas,
anchurosas montañas amenazan.
No reposan.
Hondamente respiran, se mantienen
Unidas, unas contra otras.
Respirando hondamente,
llenas de oscuras fuerzas, irredentas
en su pasión devoradora.

Traducción, Jesús Ruiz



En la niebla

¡Qué extraño es vagar en la niebla!
En soledad piedras y sotos.
No ve el árbol los otros árboles.
Cada uno está solo.

Lleno estaba el mundo de amigos
cuando aún mi cielo era hermoso.
Al caer ahora la niebla
los ha borrado a todos.

¡Qué extraño es vagar en la niebla!
Ningún hombre conoce al otro.
Vida y soledad se confunden.
Cada uno está solo.


Traducción, Andrés Holguín


https://www.youtube.com/watch?v=Bq4r-HcRQ5I .


Guarida de los poetas. Antonio Machado, Cante hondo, copla y arte poética...

















Cante hondo 

Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,
el plañir de una copla soñolienta,
quebrada por los trémolos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.

...Y era el Amor, como una roja llama...
-Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro,
que se trocaba en surtidor de estrellas-.

...Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética.
-Tal cuando yo era niño la soñaba-.

Y en la guitarra, resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear, fingía
el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza avienta.





De mar a mar entre los dos la guerra...

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú, asomada, Guiomar, a un finisterre,

miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.

La guerra dio al amor el tajo fuerte.
y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama,

y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.




Arte poética

Y en toda el alma hay una sola fiesta
tú lo sabrás, Amor sombra florida,
sueño de aroma, y luego... nada; andrajos,
rencor, filosofía.
Roto en tu espejo tu mejor idilio,
Y vuelto ya de espaldas a la vida,
Ha de ser tu oración de la mañana:

¡Oh, para ser ahorcado, hermoso día!


https://www.youtube.com/watch?v=lOZiK22SQaE

https://www.youtube.com/watch?v=pH7RRo_oKNo